La transformación digital del aprendizaje

El internet en nuestro día a día es ya común, sin embargo no tiene más de 20 años que comenzó la revolución tecnológica. La generación que nació y creció junto con la evolución del internet se estrena en las aulas del nivel superior, una generación con habilidades digitales más refinadas, en comparación a sus predecesoras. Estos jóvenes constituyen estudiantes que conducen su aprendizaje y buscan el valor de lo que hacen.

Esta revolución que se esperaba mucho más veloz y accesible para todos, es en realidad un proceso lento pero continuo al que le falta ser más incluyente. Por ejemplo se tiene el reto de valorar la implementación de la clase invertida (flipped classroom), en donde el estudiante, idealmente, obtiene el conocimiento donde y cuando quiera en las plataformas educativas digitales o en clases digitales diseñadas específicamente, y la clase presencial se destina para la aplicación de esos conocimientos, ahí se debaten, se reflexionan, se resuelven dudas y consultas específicas, de forma conjunta.

Para ello, los celulares, por ejemplo, podrían dejar de considerarse como un estorbo dentro del salón de clases y servirse de ellos para volverlos una herramienta de trabajo en el diseño del curso. Evidentemente, esto implicaría garantizar el aprovechamiento de sus características para el aprendizaje y asegurar que las plataformas que albergan los cursos sean aptas para ser visualizados en dispositivos móviles.

Asimismo, es necesario expandir la revolución tecnológica al aprendizaje a lo largo de la vida y a la educación centrada en el estudiante y no solo limitarla a la formación universitaria tradicional. De esta forma ocurrirá la transformación digital del aprendizaje que el momento histórico apremia, pues las habilidades cambian sin parar y prepararnos es ya una necesidad y no una opción. La problemática de esto radica en que las ocupaciones nos imposibilitan hacerlo en un plantel educativo.

De ahí que surjan los cursos masivos abiertos en línea (MOOC, por sus siglas en inglés), en los cuales se responde a las necesidades actuales por medio de contenidos breves, precisos y específicos de un tema o disciplina en particular. Si bien los MOOC son ya un fenómeno de educación en línea, se enfrentan a la desventaja de ser descartados por los cursos más establecidos y prestigiosos. No obstante, es importante considerar que las universidades tradicionales son más longevas, en comparación de las universidades en línea que son prácticamente muy recientes.

Como se insinuaba en líneas previas, el futuro parece deparar una educación híbrida: no se puede sustituir la presencialidad con cursos en línea, ni seguir educando presencialmente sin atender las necesidades del contexto histórico actual. También debe quedar claro que no basta incluir las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) en la educación sin generar antes una estrategia digital, la cual debe contar con 4 pilares para asegurar su éxito (figura 1).

Figura 1. Los cuatro pilares para una estrategia digital exitosa.

Como bien lo señala el primer pilar, la transformación digital afecta a todas las áreas de la universidad y no solo a la tecnológica, por ello se requiere profesionalizar a los docentes con la finalidad de que tengan las competencias para adecuar su metodología de enseñanza a la modalidad que impartirán, ya sea presencial o en línea. Una clase presencial no puede ni debe realizarse de la misma manera que una en línea.

No obstante, esto significaría mucho dinero. Producir un curso en línea toma entre 100 y 160 horas de trabajo, lo que se traduce en costos de entre 7 mil y 33 mil 500 euros. Este gasto tan importante no es algo que todas las universidades y centros educativos se encuentren en condiciones de realizar, y otras tantas se rehúsan debido a la desconfianza que genera su condición de nuevo. Existen otros casos en los que, concienzudos del entorno, están estableciendo apoyo al profesorado.

En resumen, la transformación digital del aprendizaje está sucediendo, a pesar de que no cómo se previó. Las instituciones de nivel superior deben ajustarse a ello para sobrevivir en este mundo que evoluciona cada vez más rápido. De igual manera, los docentes deben dejar las reticencias/suspicacias que surgen por el cambio de mentalidad que los estudiantes tienen producto de la revolución tecnológica.

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